Un "Standard" excepcional

Billy del Lago se adelantó una década; fue un Precursor de los Schnauzer Argentinos.

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La experiencia de quien tiene un schnauzer standard puede ser, según se trate, excelente o espantosa. Su aparentemente inevitable camino hacia la desaparición ha perjudicado mucho la crianza teniendo en cuenta no sólo factores estructurales sino también de carácter y personalidad, debido a una mala selección de líneas de sangre.
Sin embargo, quien esto escribe, tuvo la suerte de adquirir un ejemplar originario de un criadero suizo que reunía ambas condiciones: una estructura razonablemente buena y un temperamento singular.
En su carrera en los rings comprobé que su formación y desarrollo intelectual, a diferencia de otros perros, es lento por lo que no debería sometérselo a ese esfuerzo hasta que animal no ha adquirido su forma definitiva.
Sin embargo, Billy del Lago, tal es su nombre, comenzó a trotar por las pistas a los seis meses de edad. En su primera exposición de la raza fue elegido como mejor cachorro y mejor cabeza de la competencia. Con el correr de los meses obtuvo el premio de Joven Campeón Sudamericano y, de ahí en más, fue campeón argentino, campeón latinoamericano y campeón internacional de belleza en tiempos en que para obtener esa calificación los certificados que debía reunir eran cinco otorgados por jueces de diferentes continentes.
En esos tiempos, y por tratarse de un perro del grupo 2, ese título de Campeón Internacional debía homologarse con una prueba de trabajo propia de un perro de guardia, trabajo y seguridad. Pero como en nuestro país esa condición no llamaba mucho la atención de los expositores y criadores la mayoría de ellos acumulaba certificados CACIB que nunca homologaban.
Quien esto escribe, quizá por ser propietario de sólo un perro, decidió que las cosas - de hacerse - debían ser completas y se dio a la tarea harto difícil de encontrar un entrenador que, en lugar de ser un charlatán profesional, fuese un profesional de su trabajo.
La búsqueda fue compleja pero fructífera. Un ex adiestrador de la Policía Federal aceptó a regañadientes adiestrar a "un perrito", tal como lo describió ofensivamente, dada su costumbre de trabajar con ovejeros alemanes, belgas o rottweillers.
La primera condición que puse fue que presenciaría el entrenamiento. Aceptó pero con la condición de que no me entrometiera. Llegado al acuerdo comenzó el trabajo 2 veces por semana, 45 minutos por sesión para, en tres meses, lograr lo que se denomina disciplina básica, es decir, trabajar con o sin correa, responder a las voces de mando, atacar y soltar a la orden.
Por ese entonces Billy del Lago ya había cumplido dos años cuando, para otras razas, la edad optima para el aprendizaje es de 12 a 14 meses. Esto fue lo que me convenció de la lenta maduración de esta raza tan antigua.
Pasados esos 90 días debimos buscar otro país para que el animal rindiera y aprobara su prueba de trabajo ya que en la Argentina los clubes especializados, con excepción del ovejero alemán y el dobermann, no se preocupan por el tema.
Tras averiguar dicha prueba la rindió en el Uruguay y certificado en mano homologó sus CACIB.
Pero la historia no terminó allí. El entrenador, un auténtico entusiasta de su trabajo, que ya había cobrado los U$S600 correspondientes al entrenamiento básico se había entusiasmado con Billy porque el perro demostraba que quería seguir aprendiendo. En consecuencia, el adiestrador se ofreció a seguir gratuitamente para comprobar hasta dónde podía llegar. En definitiva su tarea prosiguió dos años más.
Conforme avanzaba en su aprendizaje el perro comenzó a filmar comerciales de para TV a raíz de lo cual se le enseño a abrir y cerrar heladeras, atender teléfonos, abrir puertas, tirar de un carro, y muchas cosas más que, una vez retirado de la actividad se han convertido en un problema porque cuando tiene hambre abre la nevera, se sirve lo que desea y la cierra sin que nadie se percate de lo que ha hecho. Otro tanto ocurre con el teléfono.
Pero bien, volviendo al entrenamiento, la primer cosa compleja a la que se lo enfrentó fue a la de desarmar a un delincuente, tuviera éste un revólver o un cuchillo en sus manos o entre su ropa. Lo logró. Luego aprendió a desamarrar a su dueño en caso de que éste fuese asaltado y maniatado. El paso siguiente fue el de seguir un rastro, luego a cuidar objetos y por último a subir escaleras de pintor, de peldaños angostos, tanto hacia adelante cuanto hacia atrás.
Cuando adquirí el perro, hace 13 años, tuve la suerte de poder elegirlo. Había una camada completa y los hermanos tenían ya seis meses. Los pude observar durante cuatro fines de semanas y uno de ellos tenía claras condiciones de liderazgo. Opté por él sin tener en cuenta su estructura. La relación con un perro de tales características es compleja porque le cuesta asumir la autoridad humana, sin embargo, cuando la acepta se convierte en un compañero de calidad superior, independiente, aplomado, seguro de sí mismo y compañero de su amo. A pesar de los años transcurridos preserva esas condiciones y esto lo compruebo cada vez que caminando juntos se topa con algún perro desconocido. Aún no ha decidido dejar de ser un alfa.
En las numerosas exhibiciones de adiestramiento que hemos hecho con él hubo algunas sumamente complejas, diríase solo para entendidos.
En varias ocasiones los shows montados fueron con la participación de otros tres perros: un ovejero alemán, un dobermann y un ovejero belga, todos ellos adiestrados y de fuerte carácter. El schnauzer tenía como cometido utilizar a tales animales como vallas en el viaje de ida y retornar reptando por debajo de ellos. Quien entiende de perros sabe que la acción de dominación entre ellos se ejerce a través de símbolos tales como que uno apoye su mano sobre otro. En consecuencia el permitir que saltasen sobre ellos implicaba dos cosas: el alto grado de obediencia de los que servían de vallas y la gran confianza en sí mismo (del schnauzer) que no trepidaba en hacerlo.
Otra prueba muy compleja es la de saltar aros en llamas. El perro en su viaje de ida les prende fuego con un objeto que lleva en la boca y en el de regreso salta por los aros ardientes. El salto individual le era relativamente sencillo, lo peligroso era cuando los tres o cuatro aros empleados se reunían en un mismo punto y el perro debía atravesar la cortina ardiente sumamente peligrosa. Jamás se negó.
Por último, el recuerdo más agradable fue cuando compitió en la exposición mundial de la FCI que se realizó en Buenos Aires. Esa vez cometimos la barbaridad de exigirle competir en el rubro belleza, en el que salió segundo de Parsifal, y aceptar que fuera él, por pedido de la Federación Cinológica Argentina, quien actuara en el show de iniciación del evento.
En esa ocasión defendió de dos presuntos ladrones un automóvil que se había colocado en el centro del ring, atacó a un maleante y le quitó de un salto la pistola de la mano, izó la bandera nacional mientras se entonaba el himno de nuestro país y, por último se colocaron dos escaleras de dos hojas separadas entre sí unos 4 metros y entre ellas se colocó, uniéndolas, una tabla de tres pulgadas de ancho por una pulgada de espesor.
Billy llevaba a los costados de su espinazo dos cilindros de palma con sus respectivas tapas de las que salía un cordel que sostenía en su boca. Trepó por la escalera, caminó por la tabla, cuando llegó al centro se sentó, saludó y jaló del cordel liberando cuatro palomas que se encontraban en los cilindros. Hecho esto prosiguió su camino y bajó por la escalera contraria.
En realidad el perro había heredado la inteligencia de su abuelo, Adrián von Hahlweg, un animal, que según se cuenta, hizo historia en la raza.
Es dable aclarar que, según su entrenador, un ejemplar de tales características hay que buscarlo uno en 10.000 ya que entre los perros que hacen exhibiciones policiales unos saltan los aros con fuego, otros desarman a los delincuentes y así sucesivamente. Lo complejo es hallar un mismo ejemplar que aprenda tantas cosas.
Lamentablemente, quien esto relata, no se ha quedado con un hijo de tan noble animal.

E.T.